jueves, 18 de octubre de 2012


Yo huyo, tú huyes, nosotros huimos.

Si es esta soledad,
Soledad que implica tu partida,
La culpable de mis lamentos
Entonces yo también partiré.
Huyamos separados,
Huyamos a no sé donde,
Yo al Sur y tú al Norte,
Huyamos separados pero huyamos.
Porque así no te extrañaría,
Pensando que en algún lugar,
En cualquier recoveco del mundo
Nuestros senderos formaran un laberinto,
Ese laberinto cuyo centro será hogar.
Y así con un beso redondo y oblicuo,
Profundo, sentido
Deseado, escondido
Perdido, encontrado,
Nos obliguemos a tomarnos de las manos,
Uniendo nuestras pieles,
Fundidas, en carne viva,
Para huir de nosotros mismos.



domingo, 7 de octubre de 2012


‘Vuelvo a las diez, once a mas tardar.’- dijo.
‘¿Te espero con la comida?’- contestó.
‘No, llego tarde’- la ignoró.
‘Te amo’- se sometió.
La puerta se cerró tras su espalda y en el medio de la noche estrellada que proponía Palermo empezó a caminar fijamente hacia una dirección. Paso a paso se detenía unos segundos a ver si alguien lo miraba o lo seguía, como quien esconde algo. Porque así era. Diez cuadras derecho, doblar a la izquierda, cuatro cuadras más, cruzar  y caminar aproximadamente unos veintitrés pasos. Edificio numero 985, piso 6, departamento A. Toco el timbre, y espero. Nadie respondía el portero. Al principio le pareció raro, pero pensó que podía haber no sonado, que podía haber estado durmiendo, sabia que lo estaba esperando, habían hablado hace una hora y diecisiete minutos. Toco otra vez, y por el portero una voz quemada por el cigarrillo barato de años contestó.
‘Esta abierto’-
Con un empujón abrió la pesada puerta y la oyó cerrarse sola mientras avanzaba en dirección al ascensor. Tenia una especial fobia al encierro, pero no se permitiría gastar unos minutos en subir las escaleras, ni tampoco quería agitarse, ni cansarse, ni nada. Quería estar en óptimas condiciones, como siempre lo estaba. Tres golpes a la puerta, si era el. Tres golpes nada más. Ni uno mas ni uno menos. La puerta se abrió. Estaba envuelta en una bata roja, de encaje, de mala calidad. El pelo despeinado y olor a hombre como era habitual. Las luces solían ser tenues. Y el humo de cigarrillo impedía respirar. Entro y se acomodo en el sillón, como quien repite una rutina casi de memoria. El juego empezó como todos los sábados. Sin aplicarle ninguna variante. Baile, besos, y lujuria. Eso era todo lo que ella podía ofrecer. Era una puta. El lo sabía, sabia que era una puta y le encantaba. Incluso era lo que mas le atraía de ella, que el no era ni el primero, ni el ultimo de la noche y que la compartía con uno o dos o tres de su edad, o mas grandes o mas jóvenes. Claro que quedaba más que satisfecho y no quería mas nada. A veces se quedaba un poco mas de tiempo, solamente cuando tenia muchas ganas, y no estaba cansado. Rara vez se quejaba de su trabajo, era experta en lo que hacia y no cobraba caro.
Tirados en la cama, revolcados entre las sabanas usadas ella dijo:
‘No me canso de decir, que eres uno de mis preferidos.’
El no contesto.
‘¿La semana que viene a la misma hora?’ ella insistió.
‘Como siempre.’ Contestó. (‘Te amo’- recordó).

viernes, 21 de septiembre de 2012


Pájaros violetas, pájaros azules, prorrogan esta pena en forma de viento primaveral. De todos colores vuelan en torno al alma en pena que hoy se desahoga. Cantan afinados canciones de cuna, cantan y dan paz a esta loca que hoy grita desgarrada en el silencio de la oscuridad. Ese silencio que provoca la neblina de otra noche de soledad y agonía.

Regando el barro ya regado con lágrimas secas, regando el barro regado una vez más. Oliendo en mi piel tu perfume que tiene aires de cambio, tu perfume que no hace mas que socorrerme de esta inmensidad que me ahoga ahora y para siempre.

Esta mente que reclama tu presencia con los ojos entrecerrados, esta mente idiota que no hace más que sacrificarse ante la luna con recuerdos en forma de cuchillo, por los que corre sangre celeste y fría. Sangre que sale del corazón y se distribuye despacio por el cuerpo.

Tanto tiempo sufriendo esta soledad, encerrada en una cárcel de emociones, una cárcel abierta, yo tengo la llave para una puerta que no se cierra. Una puerta que guarda los secretos mas profundos que alguna vez hubiese querido guardar.

Y por mis labios corriendo una vez más esa hiel que provocan tus besos secos del ayer, esos besos que ya no existen, no existen en mi memoria vilmente herida por el filo de tu partida inexplicable. Mis labios que se secan, ya están amargos. Se secan y se siguen secando mientras grito de dolor. Mi dolor escondido en un baúl. Mi dolor enterrado bajo mis pies.

El mar, testigo ceremonial. Y yo la obra principal. Jadeando de cansancio y estableciendo en mi ser el mismísimo infinito retorcido en una rosa sin pétalos cuyas espinas agreden mi piel sin motivo alguno. La eternidad se hace presente y muestra su jerarquía. No somos nada en este mundo de papel mojado y tiza.

La respiración se entremezcla con el viento sellando mi sufrimiento a carne viva. Sellando ese dolor inapelable, ese dolor de mujer abandonada y sola. Tal vez ya ni dientes tenga en mi boca, quizás los gritos y la fuerza de su sonido los hayan desplazado por completo de mis encías. Tal vez ya ni uñas tenga en las manos de tanto arañar la tierra, de tanto golpear el cielo y de tanto apretar el aire.

Pájaros violetas, pájaros azules, anuncian que el Sol se hace presente. Anuncian el fin de la oscuridad avasallante que pesa en mi espalda encorvada. Cantan porque están vivos. Celebran. Y yo canto, canto porque estoy muerta. Celebro. 

viernes, 7 de septiembre de 2012


Como todos los domingos del mes, se tomaron de la mano y comenzaron a caminar por el desperfecto empedrado. A caminar por un laberinto de mármol blanco y negro interminable. Llevaban comida, nada muy elaborado, el diario y unas flores blancas. En sus respectivos rostros se vislumbraban algunos cuantos años de llanto y en sus ojos una cristalización muy particular. Un llanto que a pesar del paso del tiempo costaba entender.

Por lo general los domingos eran soleados, y acostumbraban a llegar por la tarde, cuando el Sol ya no les quemaba tanto la piel. Pero este, este era especial. El aire ocultaba algo de dramatismo y algo lúgubre se escondía tras las nubes que hace rato anunciaban tormenta. Caminaban sin mirarse, pero siempre tomados de las manos. Tampoco miraban a nadie a su alrededor, si es que en serio había alguien. Después de unos minutos, llegaron. Por fin, llegaron. La caminata variaba cada semana de acuerdo al recorrido, a veces un poco más largo, y otras tantas veces un poco mas corto.

Había una mesa, y tres sillas. Como era rutina, ella se puso rápidamente a barrer y el, a leer el diario. Estas acciones se repetían religiosamente cada fin de semana, ella limpiando y el leyendo la sección de deportes, asombrado por el triunfo de su equipo de futbol predilecto. Cuando terminaban, ponían la mesa. El mantel blanco de tela anti manchas, y sobre el tres platos, tres pares de cubiertos, y así respectivamente. Comían tranquilos, sin hablarse ni mirarse. Un plato siempre quedaba repleto de comida, y como es obvio una servilleta sin usar. Levantaban la mesa, y guardaban todo de vuelta en la canasta. Hacia frio, pero allí no había estufas, ni calderas, ni nada. Pocas veces había luz, y casi siempre el silencio era eterno.

Permanecían allí largas horas, cada uno haciendo una cosa diferente. Antes de partir se tomaban el atrevimiento de quitar las flores secas y colocar el ramo nuevo en el florero, dándole vida al lugar nuevamente. Si no estaban allí, se sentían vacíos, su casa era vacía. Costaba entender a veces lo que hacían cada domingo. Se iban del barrio muy temprano a la mañana y volvían muy tarde a la noche. Casi no interactuaban con ningún vecino. Nadie terminaba de conocerlos del todo, a pesar de que llevaban decenas de años en la misma casa pequeña y colonial en la esquina de la avenida principal. El mundo parecía avanzar, pero no ellos. Siempre usaban la misma ropa anticuada, el mismo peinado, y los mismos zapatos. Comían siempre la misma comida y discutían siempre los mismos temas. Lo único certero era verlos salir de su casa juntos  y tomados de las manos.

A la hora de emprender la vuelta, ese domingo lluvioso, paso algo que rara vez había pasado. Se frenaron en la puerta. Se miraron y ella balbuceo algunas palabras.
-‘Serán treinta años ya’-dijo.
-Lo se, treinta años de leer el mismo diario.- respondió

Ambos se volvieron a tomar de las manos, y salieron caminando por el mismo camino desperfecto y empedrado que habían entrado.  Unos minutos les tomo salir del cementerio, y emprender la vuelta a su casa. 

jueves, 23 de agosto de 2012



-You think our love can take us away together? 
-I think our love can do anything we want it to.

jueves, 16 de agosto de 2012



No me malinterpreten, soy feliz. Lo soy, verdaderamente. Pero siento que hoy me esta faltando algo. Algo que pensé que no me iba a faltar, si no lo pensaba. Pero como era obvio, lo estoy pensando e indiscutiblemente me esta faltando. Verlos, y verme. Creo que todo pasa por algo, y que siempre la vida te devuelve lo que perdiste. Creo que me espera un gran dia, por que se que lo va a ser. Por lo menos un día, uno solo entre esos diez. Quizás tratar de demostrar que no me importaba, hasta hoy. Demostrar que yo podía con esto, hasta hoy. Pero aparentemente no. Y eso que me falta son ellos que se van, y yo que estoy acá. 

sábado, 28 de julio de 2012

La escalera


Puso en su jardín de Rosas una escalera. Una escalera larga y con millares de escalones desprolijos. La apoyo contra un árbol, no tan grande, y un poco viejo por los años, pero que seguía en pie a pesar de largas jornadas soleadas, interminables lluvia doradas y noches estrelladas.
Para continuar con mi relato es necesario aclarar que era de noche, y el no veía que yo estaba escondida atrás de la planta de Jazmín observando cada uno de sus movimientos de manera sigilosa. Si me hubiese visto, no hubiese concluido su misión. Era muy vergonzoso y apenas alejaba su nariz de los libros para ver el resto del mundo que lo rodeaba. Por eso no puedo explicar todavía porque salió esa noche de su cuarto, y fue al jardín, con una escalera que quintuplicaba su estatura.  Últimamente había estado leyendo mucha ciencia ficción, demasiada. Creí que solo podía ser algún delirio de súper héroe, pero aun así no quise interrumpirlo en su tarea. Tal vez porque era la primera vez que lo veía feliz, o por lo menos notaba un brillo particular en su mirada, desconocido hasta esa noche.
Estaco las patas inferiores de la escalera al barro húmedo que rodeaba el árbol, manchándolas así de manera permanente, nadie iba a limpiarlas luego. Las aseguro usando muchísimos recursos, incluso creo pequeños montoncitos de tierra a su alrededor para afirmarlas aun mas. Así quedo la escalera enterrada en la tierra y al mismo tiempo apoyada sobre el sauce añejo. Luego, se agarro con firmeza usando sus dos manos pequeñas y empezó a subir. Sus pies eran solo un poco más grandes que sus manos, y sus piernas bastante cortas y débiles, así que llegar al tope de la escalera le costaría bastante.
Subió hasta llegar a la copa del árbol, y así la escalera había concluido. Arranco algunas hojitas, y como fingiendo que entendía algo de la velocidad y rumbo del viento las dejo caer. Cayeron en forma paralela al árbol, así que supuso que no había viento, y se sintió conforme con el resultado. Miro para arriba y vacilo unos segundos. Miro la Luna. Estaba redonda y blanca. Su majestad imponía respeto ante las estrellas que la miraban asustadas. Extendió sus brazos, y aun así no podía tocarla. No podía hacerlo. Se lamento. Cerró sus ojos y apretó sus parpados con tanta fuerza que le brotaba alguna que otra lagrima incandescente. Entre dientes comenzó a repetir una frase, probablemente la había leído en algún cuento de hadas, o en una enciclopedia.
‘Nada es imposible si se tiene...’ Olvido como continuaba, abrió los ojos. Volvió a mirar la Luna, y luego el suelo. Se dio cuenta de lo mucho que había avanzado, de lo lejos que estaba de la realidad cotidiana, y entonces volvió a cerrar sus parpados y con su pequeña voz infantil rompió el silencio de la noche.
‘Nada es imposible si se tiene el valor de intentarlo. Nada es imposible si se tiene el valor de intentarlo. Nada es imposible si se tiene el valor de intentarlo.’ Y cada vez más fuerte. ‘Nada es imposible si se tiene el valor de intentarlo.’  No paraba de repetir su frase, no se daba por vencido. Y fue cuando menos los espero que sintió sus pies elevarse unos centímetros de las hojas del árbol. Apretó sus puños, de miedo tal vez. Pero sus ojos, cerrados.  Suave, sutil, volaba. O al menos así lo creía. Por primera vez miro hacia arriba y aun vio la Luna. Miro hacia abajo y vio el suelo. Miro en frente y estaba la escalera.  De nuevo, había caído. Estaba justo como al principio. Parado, sobre la tierra húmeda que bordeaba el sauce. En el medio del jardín de rosas y yo atrás del jazmín.
Suspiro. Lleno su panza de aire y la hizo inflarse como nunca antes. Se ajusto los pantalones, corrió un mechón de pelo que estorbaba en su frente y se dirigió a la escalera. Se aferro con fuerza una vez mas y dijo: ‘Nada es imposible si se tiene el valor de intentarlo, fallar y volver a empezar.’  No volví a verlo. Tengo en el recuerdo su última frase, sus libros quedaron allí, en su habitación. Tal vez me pregunten porque no corrí a buscarlo. Y yo podría responder, que deje que sea libre y soltarlo al país de los sueños. 

miércoles, 18 de julio de 2012


La desesperación de saber que su vida se desarma entre sus dedos como un pedazo de papel mojado, y no encuentra el Sol, no encuentra el Sol para que fortalezca ese trozo ya casi todo roto por la humedad. Corre por la casa buscando el calor, en serio corre. Corre con todas sus fuerzas con él entre brazos. Sabe que lo tiene consigo, puede tocarlo, pero aun si no puede sentirlo, aunque trata de hacerlo de mil maneras diferentes. Tiene que aprender a ser fuerte por una vez, solo por una noche. Todo será mejor a la mañana. Eso espera. Uno nunca sabe porque le teme a la noche, nunca se lo pregunta, solo le teme.  Sera tal vez por la oscuridad de la soledad, de la tristeza, de la agonía.
Ya no había nada mas en esa casona inmensa, solo ella, corriendo con un alma entre manos.  Un alma pequeña  y suave. Muy pequeña, casi imperceptible a la vista. Ya no aguantaba mas, estaba cansada, tenia sueño, y lloro. Lloro por primera vez en mucho tiempo. Rompió la manta de negrura que la noche distribuye con un alarido incontenible de dolor. Lloraba tan fuerte que le dolía la garganta. Sentía su pecho abrirse como con un corte perfecto en su centro, un corte de un cuchillo muy afilado que no la hacia sentir ningún dolor físico. Sabía que con cada lágrima se desgarraba su piel dejándole marcas permanentes. Cada lágrima quemaba como acido pero aun así no le dolía. Le dolía la espera. Le dolía saber que estaba parada en el medio de una nada inmensa. Corriendo hacia ningún lugar, y con esa vida, que seguía derramándose por su cuerpo, y ya casi llegaba a sus rodillas.
“Todo será mejor, todo será mejor en la mañana.” Ahora piensa en voz alta, quiere creer que sabe que pasara. Se disfraza de Oráculo por unos segundos, juega a eso para espantar el llanto. Recurrió a momentos felices, a los más felices, y aun así su sonrisa era cada vez mas opaca. Los pies le dolían y las manos le sangraban, al igual que el corazón que se partía en mil pedazos diferentes, todos distintos entre si, e imposibles de encajar nuevamente.
Ahora, ahora siente ira. Un sentimiento mucho peor al de la tristeza. Ira de que no la dejaran llorarlo. No se lo permitían. Por eso también, lloraba con más intención. ¿Acaso quien lograría apagar esta llama que ardía en su estomago y subía hasta sus labios?
Por fin, por fin llego el Sol. La luz incandescente le hacia mal a los ojos. La oscuridad abrió paso a la misma vida, quien llego para quedarse. Vida y muerte en un mano a mano. Ella miraba sin entender, no podía creer lo que estaba viviendo. Necesitaba una decisión. Ya no podía rozar nada entre sus manos. El Sol, que siempre la miraba desde arriba, ahora estaba justo a su lado, dándole calor. La abrazaba entre sus brazos fogosos y construía en ellos un refugio. La lluvia no tardaría en llegar. El frio era punzante. Y sus manos ya estaban vacías.
Entonces se tiro al suelo, cayo de bruces y tomo su cabello por las puntas, tiraba fuerte, tiraba muy fuerte para probarse que no estaba soñando. Sus lágrimas cambiaban de color, le ardían en la piel, sus dientes tiritaban y su pecho abierto sangraba de pena. Le habían dado la vida, se la habían dado. La tuvo entre manos, por una noche, solo por una noche. 
La oscuridad desapareció por completo, el Sol volvió a tomar su lugar en el cielo. Amaneció, al fin. El cielo era de un color turquesa, como nunca antes. Veía estrellas por todos lados, estrellas de día. Ahora podía sentir el calor dorando su piel fría y mojada. Miro sus manos una vez mas y solo vio su piel, sus venas, sus uñas a medio crecer y un temblor que no cesa.  Tenía una molestia en el cuello, que se extendía a lo largo de su columna. Pero todo acabo al fin. Dejo su cuerpo caer en el pasto, sintió la tierra llena de roció besar su mejilla y secar sus lagrimas. Ahora hay claridad, por fin durmió, mientras que se repetía  una vez mas ‘Todo será mejor, en la mañana.’